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Del corazón al suelo pélvico

      En la tradición Tántrica de miles de años de antigüedad, anterior al Buda, anterior al Cristianismo y al Islamismo, contemplan a la mujer como una Diosa y al hombre como un Dios.

      En sus enseñanzas, y es el único camino de crecimiento interior que así lo hace, considera sagrada la energía sexual, la respeta, la observa y aprende de ella. En su forma de entender al ser humano da el mismo lugar de valor a la mujer que al hombre, a lo femenino como a lo masculino, ya que se dieron cuenta que la fusión de estas dos energías crea la vida.

      Luego llegaron las culturas patriarcales y a las Diosas arcaicas les arrebataron su sitio y su valor, causándoles grandes heridas; a partir de ese momento la imagen de Dios comenzó a ser la de un hombre. Las mujeres parimos a los hijos pero no es nuestro apellido el que se trasmite. Por miles de años una mujer no podía votar para elegir el gobierno de su pueblo, no podía reinar, se le exigía ser vírgen antes del matrimonio, culpabilizando y desautorizando la posibilidad de tener erotismo propio, de poder conocer su feminidad y explorarla en toda su riqueza. No podía comprar o vender sus propiedades sin la autorización primero de su padre y luego de su marido. Nace para cuidar de los demás, padres, marido e hijos y no se contempla la posibilidad de que la mujer pueda desear otra cosa. Cobra menos salario aunque trabaje lo mismo. No puede estudiar una profesión. No puede elegir su destino.

      Para adaptarse a estas situaciones son muchas las estructuras internas que se fuerzan y se rompen. Son muchas las heridas en su valor y en sus derechos. Herida por ser como es.

      En nuestra cultura, actual logro a logro, hemos ido cambiando estas cosas, podemos votar y somos iguales ante la ley. ¡Qué bueno! pero, de diferentes formas, seguimos llevando en nuestro interior las heridas del linaje de mujeres del que procedemos, nuestra valía y autoestima no se recuperan sólo porque lo diga la ley. Además es imprescindible repararnos desde dentro, tener el coraje de ver mis heridas internas, afrontar el dolor de sentirlas y tener la humildad de pedir ayuda para elaborarlas y conseguir su sanación.

      El Tantra nos enseña que el don de la mujer, por excelencia, es el amor. En una mujer la energía sexual se despierta desde el corazón. Cuando una mujer abre su corazón la energía amorosa que allí reside empieza a fluir por el interior del cuerpo femenino, columna abajo, iluminando cada chakra que encuentra en su camino hasta llegar primero de ellos, situado en el suelo pélvico, despertando la energía sexual. En una mujer la energía sexual que se despierta desde el corazón trae felicidad y plenitud.

       Del amor al deseo.

       Al tiempo el amor fluye hacia fuera entregándose generosamente al corazón de la otra persona colmándolo de amor y ternura. Y en esa relación enamorada si hay rechazo o abandono se produce una herida emocional. “Me ha roto el corazón” es metáfora de que se ha lastimado mi confianza, pero no hay una herida fíasica lesionando el corazón.

       Pero, si en el encuentro con alguien, esta persona invade más allá de lo que yo quería, mi suelo pélvico y no soy capaz de parar, a veces ni siquiera de decir. En primer lugar hay una herida emocional: no haber sido capaz de defenderme. Haberme quedado en estado de indefensión, por fantasmas internos que nublan mi visión, por necesidad de amor, por necesidad de ser “tan mujer” como las otras, por miedo a que sea peor, por miedo al que dirán, por pena, por culpa, por verguenza. Y en segundo lugar, en este caso hay una herida física en la vagina.

      En el taller vamos a tomarnos tiempo para, poquito a poco, ir abriendo el camino que va del corazón al suelo pélvico, atendiendo cada herida que aparezca bloqueada y bloqueando nuestra capacidad de amar y nuestro disfrute,

      Conectando con nuestro cuerpo, practicando la respiración ovárica, con la confianza del acompañamiento grupal, con la fuerza de querer sanar propia de cada mujer y con la guia compasiva de la terapeuta que ya ha transitado y sabe de las heridas por haberlas sentido en su propia piel, logramos atravesar algún infierno y la herida entra en vía de sanación, dando así la posibilidad de recuperar toda la energía atrapada en dicha herida.